- Karla González Novion

- 11 ene
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El Legado, entendido como la huella que dejas —lo que los demás recuerdan de ti y lo que han experimentado al compartir contigo, ya sea en el ámbito laboral, familiar o social— es un concepto bello y necesario de destacar, especialmente en tiempos egoístas y mezquinos (como dice la letra de Fito Páez).
A mí me gusta una sociedad más colaborativa, con gestos de humanidad, con actitudes amables y comprensivas hacia todas las diversas personas de nuestro entorno. Ese paisaje lo amo. Y por ello pensé en el Legado Personal para este año 2026.

Nuestras actitudes, opiniones, acciones y lenguaje causan impacto en nuestro entorno siempre. A veces caminamos por la vida poco conscientes de que nuestra forma de movernos por el mundo impacta a los demás. Cómo un saludo amable puede mejorar el inicio del día de quien recibe ese sencillo gesto, porque a todos nos agrada ser vistos.
Llevando esta reflexión del día a día a un año completo, quiero invitarte a pensar en el legado que dejarás: esa huella que quedará en personas, grupos de trabajo, familia, amigos, pareja, en fin, con quienes interactúes.
Es más común pedir cosas para mi año 2026, y es un ejercicio hermoso y muy necesario. Pero esta vez quiero proponer lo contrario: ¿qué dejaré yo a los demás? A conocidos o desconocidos, con nombre y apellido o ciudadanos en general.
¿Desde qué roles me quiero mover en mi mundo? Tal vez como una profesional que practica la escucha activa, o como alguien que ofrece mentoring. Ambas son válidas, pero con efectos muy distintos.
Quiero promover en el trabajo espacios colaborativos, recreacionales, de conocimiento personal. O quizás prefiero especializarme en áreas específicas y desde ahí aportar con mi saber al equipo. Esto se relaciona mucho con lo que estoy necesitando hoy; si estoy en una etapa de consolidación profesional, de validación en un trabajo relativamente nuevo, o si siento la necesidad de entregar lo aprendido.
Puedo acercarme a mi jefa o jefe y ofrecer una forma especial de trabajo que siento puede sumar, poniendo a disposición del equipo una habilidad o talento particular. Elijo también ser más sociable, interesarme genuinamente por mis colegas, organizar cafecitos o happy hours de manera regular para crear esos espacios amables, alegres y luminosos que tanta falta hacen.
Mi legado profesional se siente, se palpa, se respira.
Es increíble el impacto que una persona amable, alegre y positiva puede generar en el día a día; así como alguien negativo y envidioso también puede impactar, pero desde otro lugar.
Decido relacionarme conscientemente con otros desde la compasión, pensando primero que nadie quiere perjudicarme, que no todo es envidia, que cada persona carga su propia historia, a veces difícil. Desde ahí me conecto con la buena persona que soy. Y si detecto errores o inconsistencias en el trabajo de alguien, puedo abordarlos con respeto, usarlos como aprendizaje compartido, y no exponer al otro solo para resaltar mi capacidad de detectar fallas.
También puedo dejar un legado muy invisible, siendo facilitadora: articulando encuentros entre quien necesita algo y quien puede entregarlo. Eso es bondad. Aunque ocurra desde el anonimato, construye una sociedad virtuosa, que cree en el otro, que habilita a hacer cosas y a emprender sueños desde la confianza.
En la familia y en las relaciones, puedo dejar un legado de alto impacto practicando la empatía, saliendo por momentos de mis propias necesidades para ponerme en el lugar del otro. No para dejar de cuidarme, sino para ampliar mi comprensión, soltar viejos paradigmas que me estancan y crear espacios de escucha real.
Mi legado con los hijos puede ser darles más autonomía —tan difícil de implementar— y cuestionar ese relato interno que nos hace creer que siempre nos necesitan tanto. Instalar conversaciones más evolucionadas con ellos puede ser una forma de conocer sus posturas, sus ideas, y descubrir a esa chica o chico que se está convirtiendo en una persona cada vez más grande.
Mi legado también puede ser ayudar. Estar más atenta a lo que otros necesitan, incluso cuando alguien me cuenta que hay un tercero requiriendo algo que yo tengo. Imagino un “contador de ayuda”, como el contador de pasos que algunos llevan, que me avise cuando llevo mucho tiempo sin mirar el mundo de los demás.
Todos podemos aportar con tiempo, un contacto, conocimiento, un consejo, un abrazo o algo material. Por eso les propongo activar ese contador, aunque sea simbólicamente, y que a fines del 2026 tengamos un buen indicador de nuestro desempeño en ayuda.
Piensa, piensa, piensa en tu Legado. Mira tu entorno. Reconoce lo afortunada o afortunado que eres de estar donde estás. Cree en la magia de la vida, en las señales que te envía, y descubre qué huella dejarás en los demás este 2026, que ya lleva más de diez días avanzados.
Una última recomendación: usar menos el celular mientras nos movemos por el transporte, la oficina o la casa. Eso nos ayudará a ver a quienes pasan a nuestro lado, a mirarlos, a conectarnos, a sonreírnos y, en definitiva, a humanizarnos. No olvidemos que somos seres humanos.


